Bajo la sombra de una generosa higuera, en el rincón más sereno del Jardín de Atenas, el aire de la tarde late con el calor denso del verano. Las chicharras insisten a lo lejos. Un grupo de jóvenes discípulos, muchachos y muchachas por igual, se reúne resoplando por el bochorno y aliviándose con rudimentarios abanicos, pero atentos a las palabras del maestro. Epicuro, con una túnica de lino ajada por el uso y las manos manchadas de tierra ligera, comparte un trozo de queso de cabra y agua fresca con ellos. Uno de los jóvenes, con la mirada perdida en el horizonte tembloroso por el calor, rompe el silencio. Discípulo: Dime, Epicuro, ¿es cierto que el fuego del cielo se acelera? Los viajeros hablan de hielos del norte que se licúan y de un aire que se vuelve de plomo. ¿Se extinguirá la belleza antes de que alcancemos la ataraxia ? Epicuro: (Sonríe con indulgencia). Qué fascinante amalgama de temores, amigo mío. Ambos brotan de la misma raíz: el miedo a perder lo que hace que la vida m...
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