El virus del espectáculo: Entre el miedo y la realidad

Corren tiempos extraños en los que la calma parece un bien de lujo. Estos días, los telediarios —incluida nuestra televisión pública, que a veces olvida su vocación de sosiego— han encontrado un nuevo protagonista: el buque MV Hondius y la sombra del hantavirus. Basta encender la pantalla para sentir que estamos a las puertas de una nueva distopía, envueltos en un despliegue de gráficos alarmistas y música de tensión que poco tiene que ver con la información pura. No es solo que se informe; es que se "escenifica" la noticia, transformándola en un producto de consumo rápido diseñado para el impacto emocional.

​Resulta curioso observar cómo la maquinaria del miedo se activa con una precisión quirúrgica. Es innegable que la situación para los pasajeros del crucero requiere protocolos estrictos; el hantavirus es una enfermedad grave que no debe subestimarse. Sin embargo, hay una línea muy fina entre la prevención sanitaria necesaria y el espectáculo mediático gratuito. Lo que presenciamos en TVE y otros medios no es solo la crónica de una alerta médica, sino la construcción de un relato de suspense que busca alimentar esa ansiedad colectiva que parece haberse instalado en nuestra sociedad desde 2020. Parece que hemos olvidado cómo informar sin aterrorizar.

​Observando el mundo desde una distancia prudencial, donde el tiempo suele medirse por el ritmo de las estaciones y el silencio solo se rompe por lo esencial, esta sobreexcitación urbana resulta ajena y, por qué no decirlo, algo impostada. ¿Realmente necesitamos este bombardeo constante de datos sin digerir, de mapas en rojo sangre y de expertos que a veces parecen más interesados en la cuota de pantalla que en la claridad científica? La verdadera comunicación debería ser un puente hacia la comprensión, no un muro de alarmas.

​Hay algo profundamente espiritual en la capacidad de discernir. En saber separar el grano de la noticia de la paja del sensacionalismo. Uno ya ha visto pasar suficientes anuncios de "fin del mundo" como para saber que la realidad suele ser más gris, técnica y menos cinematográfica de lo que nos venden. El hantavirus no se transmite de persona a persona con la facilidad que ciertos silencios dramáticos sugieren en antena; es un problema localizado que requiere ciencia, no hipérboles.

​Quizás el verdadero virus que deberíamos vigilar no es el que viaja en las bodegas, sino ese otro que infecta las redacciones: el de la urgencia por el impacto. Ese veneno que nos impide profundizar en los matices y nos obliga a consumir tragedias potenciales como si fueran capítulos de una serie de éxito.

​Al final, cuando apago la televisión, me queda la misma reflexión de siempre. La paz no se encuentra en el último boletín de "última hora", sino en la capacidad de mirar el mundo con ojos críticos, manteniendo la elegancia de quien no se deja arrastrar por la corriente del pánico. Escribo esto para reivindicar nuestro derecho a ser informados con rigor, con cultura y, sobre todo, con un respeto absoluto a nuestra inteligencia. La madurez del juicio es, quizás, la mejor vacuna contra la desinformación disfrazada de primicia. 

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