El pulso de la última frontera: Retrato de Ushuaia

A propósito de las noticias sobre el reciente paso por Ushuaia del crucero afectado por el hantavirus, no he podido evitar la tentación de acudir al mapa. Siempre, desde mis tiempos mozos, cada vez que tropezaba en un libro o en un artículo periodístico con un término geográfico sugerente, sentía el impulso de echar mano a uno de aquellos gigantescos atlas de nuestra niñez. Mirar el mapa no es solo localizar un punto; es abrir una puerta a la imaginación.

Ushuaia es un nombre que suena a aventura y a los confines de la tierra. Situada en el extremo sur de Argentina, en la Isla Grande de Tierra del Fuego, es mundialmente conocida como la "Ciudad del Fin del Mundo". Como se aprecia en la imagen, la ciudad descansa a orillas del Canal Beagle, protegida por los últimos tramos de la cordillera de los Andes y el mar.

Evocar este paisaje es trasladarse a una novela de Julio Verne o de Francisco Coloane. Es ese lugar donde el mapa se acaba y solo queda el océano antes del hielo eterno. La luz austral posee una calidad tan cristalina que convierte los picos nevados y las aguas gélidas en el escenario de una gran crónica de exploración.

Ushuaia ofrece matices fascinantes. Es la puerta principal hacia el continente blanco; desde su puerto zarpan casi todos los cruceros expedicionarios —como el protagonista de la reciente crisis sanitaria— hacia la Antártida. Pero antes de ser este nodo turístico, fue una misión anglicana y, más tarde, una cárcel de máxima seguridad. Fueron los propios presos quienes levantaron muchos de los edificios y caminos, trabajando en condiciones climáticas durísimas bajo un cielo que a menudo parece desplomarse sobre las cumbres.

Para los antiguos griegos, el límite del mundo era la mítica Thule. El explorador Piteas la describió como una isla perdida en el norte, a seis días de navegación de las costas conocidas, un lugar donde el mar se volvía una amalgama de hielo y niebla y el sol se negaba a ponerse. Aquella "Última Thule" representaba la frontera final del conocimiento humano. Hoy, al observar la posición de Ushuaia en el atlas, no puedo evitar pensar que es nuestra Thule del sur; el último refugio de la civilización antes de la inmensidad blanca.

En estas latitudes, la vida no se vive, se conquista. Sus aproximadamente 82.000 habitantes han aprendido a convivir con la dictadura de la luz: inviernos de apenas siete horas de sol que invitan al recogimiento y la lectura, seguidos de veranos infinitos donde la claridad se resiste a morir hasta cerca de la medianoche. ¿De qué viven quienes eligen el viento por vecino? La ciudad es un extraño híbrido entre la sofisticación tecnológica y la rudeza portuaria. Mientras en sus plantas industriales se ensambla la electrónica que consume medio continente, en el puerto el aire huele a salitre y a centolla fresca.

Sin embargo, el costo de esa lejanía es tangible. Vivir allí es saber que casi todo debe recorrer miles de kilómetros de estepa patagónica. Es una vida cara y aislada, conectada al resto del mundo principalmente por aire, lo que acentúa esa sensación de insularidad que tanto cautiva al cronista.

Hoy, su naturaleza indómita sobrecoge. Entre glaciares como el Martial y bosques magallánicos, el viento y la nieve marcan la frontera real entre lo doméstico y lo salvaje. Es un paisaje que impone respeto y que nos recuerda, como hacían aquellos viejos atlas, lo vasto y misterioso que sigue siendo nuestro mundo.

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