Elecciones andaluzas: Un Parlamento de trincheras y tartas mal repartidas
Los resultados andaluces nos han dejado un termómetro político revelador. Juanma Moreno (PP) ha ganado con claridad sumando 53 escaños, pero al quedarse a las puertas de la mayoría absoluta, se verá obligado a negociar con los 14 diputados de Vox. Aunque el sentido común sugeriría buscar pactos de centralidad con el PSOE o Adelante Andalucía para aislar los extremos, la cruda realidad de los bloques arruina la lógica: los aparatos profesionales prefieren el desgaste de la confrontación antes que sentarse con el rival histórico.
El gran varapalo se lo lleva María Jesús Montero, firmando el suelo absoluto del PSOE con 28 escaños. Mientras, a su izquierda, el mapa se reconfigura: Adelante Andalucía (José Ignacio García) da la sorpresa alcanzando 8 diputados y ejecutando un sorpasso incontestable a Por Andalucía (Antonio Maíllo), estancado en 5. La coherencia de un proyecto autónomo y decidido desde el Sur ha arrollado al ruido de las coaliciones teledirigidas desde Madrid.
Para comprender cómo el sistema electoral penaliza la fragmentación, imaginemos el reparto provincial como tres banquetes distintos:
Mesa de Sevilla (18 porciones): Al ser una tarta grande, el coste del escaño es más asequible (un 6%). El PP logra 9 trozos, el PSOE 5, Vox 2, Adelante 1 y Por Andalucía 1. Ningún voto se pierde.
Mesa de Jaén (11 porciones): Tarta minúscula que exige un durísimo 10% del voto. El PP saca 6 porciones, el PSOE 4 y Vox 1. Por Andalucía y Adelante se quedan fuera; más de 31.000 votos directos a la basura que, de haber ido juntos, habrían asegurado un diputado.
Mesa de Huelva (11 porciones): El milagro. Adelante optimizó el tiro y retuvo 1 escaño con el 10,4% de los sufragios, mientras Por Andalucía tiró 11.200 papeletas al sumidero.
La lección es de una rotundidad meridiana. En este juego de sumas y restas donde cada escaño se pelea a cara de perro, el espacio a la izquierda del PSOE sabe que no hay margen para la dispersión. No es una mera cuestión de siglas, sino una necesidad matemática de supervivencia si no quieren seguir regalando los restos del pastel a los de siempre.
Precisamente ahí cobra sentido el último movimiento de ficha en el tablero: el paso al frente de Gabriel Rufián. Al postularse abiertamente para liderar un hipotético frente amplio de izquierdas para las generales de 2027, el portavoz de ERC no solo rompe las fronteras tradicionales del independentismo, sino que lanza un desafío directo a la fragmentación crónica de ese espacio. Es la constatación de que la izquierda busca un timonel con colmillo parlamentario para el ciclo que se avecina. Queda por ver si el resto de actores recogerán el guante o si las dinámicas de partido pesarán más que la aritmética. La partida continúa y la fábrica de tartas sigue a pleno rendimiento.
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