Rusia y Ucrania (III) El siglo de las cicatrices

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Si la historia de Ucrania fuera un cuerpo, el siglo XX sería una sucesión de heridas que aún no han terminado de cerrar. Tras la caída del Imperio Ruso en 1917, hubo un breve destello de independencia, un intento de volver a ser dueños de su destino, pero la marea soviética terminó por engullir el país. Lo que siguió no fue solo una integración política, sino una de las tragedias más silenciosas y crueles de la humanidad.

La gran cicatriz tiene nombre propio: Holodomor. Es una palabra ucraniana cargada de un simbolismo doloroso. Etimológicamente, proviene de la combinación de dos raíces: holod (hambre) y mor (exterminio o muerte lenta). Literalmente significa "matar por hambre". No debemos imaginarlo como una hambruna accidental por una mala cosecha; fue una catástrofe provocada artificialmente por el régimen de Stalin entre 1932 y 1933.

Mientras el Estado confiscaba hasta el último grano de las granjas para exportarlo y financiar la industrialización soviética, se cerraban las fronteras de los pueblos para que nadie pudiera salir a buscar sustento. Fue, en esencia, el uso del hambre como un arma política para aniquilar el nacionalismo ucraniano y someter a los campesinos. Al asomarse a estos datos, uno no puede evitar preguntarse: ¿Cómo se puede ser tan cruel? Esa frialdad administrativa que diseña la muerte de millones desde un despacho es la que dejó una huella imborrable. Para Moscú, sin embargo, sigue siendo una "tragedia general"; una diferencia de matiz que es el pilar del sentimiento antirruso moderno.

A esta herida se sumó el "regalo" de Crimea en 1954. Jrushchov transfirió la península a la administración ucraniana en lo que pareció un trámite sin importancia. Nadie imaginó que esa línea en un mapa se convertiría, décadas después, en el epicentro de una guerra abierta.

El quiebre total llegó en 2014 con el Maidán. Cuando los jóvenes salieron a las calles de Kiev para reclamar un futuro en Occidente, el Kremlin respondió con la fuerza. Lo que comenzó como una disputa política terminó por romper cualquier puente diplomático, dejando a una generación entera hipotecada por el estruendo de los cañones.


Nota: Estas reflexiones se basan en la documentación desclasificada de los archivos soviéticos tras 1991 y en los trabajos de historiadores como Anne Applebaum y Timothy Snyder".

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