Rusia y Ucrania (I) El tronco común y la herida del origen

Para entender el presente, a veces hay que cerrar los ojos y escuchar el eco de hace mil años. Existe una disputa silenciosa, más profunda que cualquier frontera trazada con escuadra y cartabón, que se libra en los libros de texto y en el alma de dos pueblos. Es la lucha por el relato del Rus de Kiev.

Imaginemos por un momento el siglo IX. Mientras buena parte de Europa intentaba desperezarse de la Alta Edad Media, en las orillas del río Dniéper se gestaba algo extraordinario. No nació de una planificación estatal, sino de una mezcla improbable: clanes de guerreros y comerciantes vikingos —los varegos— que descendieron desde los mares del norte para fundirse con las tribus eslavas de las llanuras. El resultado fue el Rus, una federación de principados que convirtió a Kiev en una de las ciudades más cultas y prósperas de la cristiandad.

Para nosotros, hombres del siglo XXI, es difícil asimilar que en aquel entonces Kiev era un faro de civilización mucho más brillante que París o Londres. Fue allí, bajo el mando deVladimiro el
Grande, donde los eslavos orientales recibieron el bautismo ortodoxo y el alfabeto cirílico. Fue allí donde se plantó el árbol cuya sombra hoy todos quieren reclamar como propia.

La tragedia actual reside en la interpretación de ese "tronco común". Moscú observa el Rus de Kiev como su prehistoria sagrada, el punto de partida de un destino imperial que simplemente se trasladó hacia el norte tras la devastadora invasión mongola del siglo XIII. Para el Kremlin, Rusia es la heredera legítima y Kiev, "la madre de las ciudades rusas".

Sin embargo, desde la orilla ucraniana, la perspectiva es distinta y legítima: ellos se ven como quienes permanecieron en la tierra original, manteniendo la esencia de aquella cultura mientras Moscú crecía como una rama separada, influenciada por un estilo de poder más autocrático y lejano.
Esta no es una discusión para historiadores de salón. Es el núcleo del conflicto. Porque cuando un pueblo siente que le están robando su partida de nacimiento, la resistencia deja de ser política para volverse existencial. El Rus de Kiev es, paradójicamente, el jardín compartido que hoy se riega con sangre porque nadie acepta que el otro también tenga las llaves de la puerta.

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