La sabiduría del vacío: Reflexiones bajo el manzano
Durante años, mi relación con el jardín fue la de un colonizador entusiasta. Cada rincón vacío me parecía una asignatura pendiente, un hueco que reclamaba ser llenado con una nueva planta, un arbusto más, una pincelada extra de color. Sin embargo, últimamente, una voz distinta ha empezado a dictar su propia ley en mi jardín de Valdebruma: la voz del silencio y la filosofía del vacío.
He descubierto que el vacío no es ausencia, sino un espacio de posibilidad. En la estética oriental existe el concepto de Ma, ese intervalo necesario para que la música sea música y no ruido. En el jardín, ese vacío es el que permite que el paisaje respire y que la mirada descanse. No es falta de contenido, es abundancia de espacio.
El refugio del manzano Mi zona de retiro personal se encuentra bajo un manzano, a veinte metros de la entrada de la casa. Es una distancia corta en pasos, pero inmensa en significado. Allí, me permito una licencia que en el resto del jardín sería descuido: lo salvaje. He dejado que la naturaleza recupere su pulso, permitiendo que lo indómito conviva con lo cuidado.
Es en este rincón donde el Feng Shui y el Zen se dan la mano de forma intuitiva. El Feng Shui nos habla del flujo de la energía, y no hay energía más pura que la que emana de un árbol que se siente libre. El Zen, por su parte, nos enseña la austeridad del espíritu. Al negarme a plantar más, al dejar espacios sin ocupar, estoy honrando esa sencillez que ahora busco tanto en la escritura como en la vida.
Silencio y compás: La lección de los contratenores Bajo el manzano, mi liturgia es sencilla: silencio absoluto. Es un silencio que solo rompo, de vez en cuando, con música. Pero no es una música cualquiera; es una que no invade, sino que se funde con el aire y la luz de Pontevedra. Mientras estas reflexiones toman forma, me acompaña la pureza de voces como la de Philippe Jaroussky o la serenidad de Andreas Scholl.
Hay algo en la voz del contratenor, en ese registro que desafía la gravedad, que encaja con la poda que le he hecho a mi ambición de jardinero. Estas voces no "asaltan" el oído; parecen flotar, habitando las pausas y respetando los márgenes del silencio. Ya sea la agilidad cristalina de Jaroussky o la hondura espiritual y el control absoluto de Scholl, ambos comparten esa capacidad de no invadir el espacio, sino de embellecerlo. Es una melodía que se convierte en una estructura invisible, una arquitectura de luz que habita el vacío que he decidido proteger en Valdebruma.
He comprendido que cuidar un jardín no es solo plantar; es también saber cuándo dejar de hacerlo. Es entender que, a veces, la mayor belleza no reside en lo que añadimos, sino en lo que permitimos que simplemente sea. Mi jardín ya no es una colección de especies, sino un refugio de paz donde el vacío —y esas voces que parecen nacer del aire— son, finalmente, los invitados de honor.
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