Rusia y Ucrania (II) Jinetes de la libertad y el peso de los imperios
| Sich de Zaporiyia |
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Si el Rus de Kiev fue el tronco del árbol, los cosacos son la savia brava que le dio su carácter indomable. Para entender por qué Ucrania se niega a ser un simple satélite, hay que mirar hacia el sur, hacia las estepas salvajes de los siglos XV y XVI, una "tierra de nadie" donde la libertad no era un derecho, sino una conquista diaria.
La palabra "cosaco" ya lo dice todo: significa "hombre libre" o "aventurero". Eran campesinos que, hartos de la servidumbre impuesta por nobles polacos o zares rusos, escaparon hacia los márgenes de la civilización. Allí, en las islas del Dniéper, fundaron la Sich de Zaporiyia. No era un ejército convencional, sino una hermandad democrática donde los líderes se elegían por votación en asambleas llamadas Radas. En una Europa de reyes absolutistas, los cosacos ya ensayaban una forma de libertad horizontal y ferozmente independiente.
Eran los jinetes de la leyenda: cráneos rasurados con un solo mechón de pelo y bigotes infinitos. Pero tras esa imagen romántica había una necesidad geopolítica. Eran el muro de contención contra las razias de los tártaros de Crimea, señores del sur que durante siglos capturaron esclavos para los mercados otomanos. Los cosacos aprendieron a luchar para no ser encadenados, y esa resistencia forjó el acero del alma nacional ucraniana.
Sin embargo, la libertad es un equilibrio precario. En 1654, acosados por la presión de Polonia, el líder cosaco Bogdán Jmelnitski firmó el Tratado de Pereyáslav con el Zar de Rusia. Lo que para los cosacos era una alianza temporal de protección, para Moscú fue el documento de "reunificación" definitiva. Fue el inicio de una absorción lenta pero implacable. Catalina la Grande, años después, terminaría por eliminar cualquier rastro de autonomía, prohibiendo el idioma y la cultura propia en un intento de "rusificar" la estepa.
Hoy, cuando escuchamos el himno de Ucrania decir "somos de estirpe cosaca", no es una metáfora vacía. Es el eco de aquellos ciudadanos-soldados que preferían el peligro de la intemperie a la seguridad de las cadenas. El conflicto actual, en el fondo, es la reedición de esa antigua lucha: la de un pueblo que se niega a que su destino sea escrito en un despacho de un imperio lejano.
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