La velocidad contra la resiliencia​ (1/2)

Hace poco me preguntaba por qué los aviones a reacción tienen tanta prisa. La respuesta es técnica y fría: física de fluidos, leyes de Newton y una contabilidad implacable. Los motores "a chorro" son máquinas diseñadas para devorar distancias y escupir tiempo, porque en el cielo, el tiempo es una divisa que se vende cara. Se vuela a diez mil metros no solo por la vista, sino porque allí el aire es fino y ofrece menos resistencia. La prisa, en el aire, es una cuestión de rentabilidad.

​Sin embargo, al bajar la mirada a la tierra, la perspectiva cambia radicalmente.

​Durante años, dediqué cinco horas diarias a mi jardín. Creía, con esa arrogancia tan humana, que mi intervención constante era el motor que lo mantenía vivo. Hoy, por diversas circunstancias, solo le dedico dos. Y para mi sorpresa, al jardín le sienta bien mi ausencia.

​Le contaba ayer a una amiga que no riego el jardín: al menos "el grueso del jardín"; dejo que lo haga el cielo de Pontevedra. Al principio hubo asombro en sus ojos, pero creo que hay una verdad profunda bajo la superficie: cuando dejamos de suministrar el riego fácil y superficial, las raíces se ven obligadas a profundizar. Se vuelven buscadoras, exploran el subsuelo en silencio y construyen una estructura robusta que ningún jardinero, por muy afanoso que sea, podría diseñar.

​Ahí reside la verdadera paradoja de nuestro tiempo. Mientras los negocios nos empujan a vivir en la superficie del aire, donde todo es velocidad y rozamiento mínimo, la vida auténtica ocurre abajo, en la profundidad de la raíz que no tiene prisa.

​Correr hacia el destino nos hace olvidar el trayecto. En cambio, confiar en la lluvia y en el ritmo natural de lo que crece es un acto de resistencia espiritual. Hemos aprendido a fabricar aviones que cruzan el océano en horas, pero aún no hemos aprendido a fabricar la paciencia de una semilla que sabe esperar su momento.

​A veces, madurar consiste sencillamente en eso: en entender que menos intervención genera más resiliencia, y que la mejor forma de cuidar lo que amamos no es dándole todo de inmediato, sino permitiendo que encuentre su propia fuerza en lo profundo.

Me pregunto si esta misma sabiduría de las raíces no será aplicable a otros ámbitos de la vida donde, a veces, pecamos de un exceso de celo y cuidados...


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