Charlas con Epicuro: Ola de calor y cambio climático

Bajo la sombra de una generosa higuera, en el rincón más sereno del Jardín de Atenas, el aire de la tarde late con el calor denso del verano. Las chicharras insisten a lo lejos. Un grupo de jóvenes discípulos, muchachos y muchachas por igual, se reúne resoplando por el bochorno y aliviándose con rudimentarios abanicos, pero atentos a las palabras del maestro. Epicuro, con una túnica de lino ajada por el uso y las manos manchadas de tierra ligera, comparte un trozo de queso de cabra y agua fresca con ellos. Uno de los jóvenes, con la mirada perdida en el horizonte tembloroso por el calor, rompe el silencio.

Discípulo: Dime, Epicuro, ¿es cierto que el fuego del cielo se acelera? Los viajeros hablan de hielos del norte que se licúan y de un aire que se vuelve de plomo. ¿Se extinguirá la belleza antes de que alcancemos la ataraxia?

Epicuro: (Sonríe con indulgencia). Qué fascinante amalgama de temores, amigo mío. Ambos brotan de la misma raíz: el miedo a perder lo que hace que la vida merezca la pena. Miremos la naturaleza cara a cara, sin los augurios terroríficos de la plaza pública.

Discípulo: ¿Entonces no es verdad que se esté acelerando el calor del mundo?

Epicuro: (Dejando el cuenco de agua sobre la piedra). Los sabios nos dicen que los ciclos de la tierra muestran una premura inusitada. La naturaleza no siempre camina al mismo paso. Piensa en el sol sobre las cumbres: al derretirse la blanca nieve, queda la roca oscura, que ya no repele la luz, sino que la atrapa, calentándose más y devorando la nieve vecina. Es un bucle que se alimenta de sí mismo. Los vapores pesados que los hombres arrojan al aire actúan como un manto que retiene el calor, impidiendo que la Tierra respire por las noches. Los cambios se suceden hoy con mayor presteza que en los días de nuestros abuelos.

Discípulo: (Apretando los puños). ¡Lo sabía! Moriremos asfixiados antes de que termine el estío. ¡No podré oír nunca los cuartetos de Haydn ni los adagios de Mozart! ¡No viviré para oírlos si el mundo acaba!

Epicuro: (Ríe suavemente, ofreciéndole un higo). Mantén la calma y no apresures el juicio. Esos músicos de los que hablas, espíritus del porvenir que tu tiempo no llegará a ver, encarnan una armonía que no se evaporará. Mientras existan hombres que busquen el equilibrio, los acordes de la simetría seguirán resonando en los rincones tranquilos. Es verdad que la materia sufrirá: los árboles para las liras crecerán distintos por falta de lluvia, haciéndose más blandos. Habrá que esforzarse más para proteger los instrumentos del aire ardiente. Pero eso es un reto de artesanos, no el fin del arte.

Discípulo: (Exhala un largo suspiro y se recuesta contra el tronco de la higuera). ¿Entonces la armonía está a salvo de la hoguera del mundo?

Epicuro: El verdadero peligro para la música no es el termómetro exterior, sino la desertificación del alma humana: la prisa de la polis, el exhibicionismo vacío de los sofistas y la incapacidad de educar el oído para la pureza. Mientras en lugares como este Jardín se valore el recogimiento, la belleza estará a salvo.

Discípulo: (Mirando las hojas secas del suelo, con voz sombría).Gracias, maestro. Pensé que el aire se nos escapaba. Por si las moscas, me disponía ya a esperar el final.

Epicuro (Se acerca y le pone una mano en el hombro, con profunda campechanía): No, hombre, no. Aparta ese pensamiento fúnebre. No nos vamos a asfixiar mañana, ni en las décadas venideras. El cambio del clima es un asunto serio que requerirá prudencia, pero la atmósfera no se quedará sin el hálito de la vida de la noche a la mañana. Hay tiempo y hay tierra para vivir con calma. Deja a un lado ese falso velatorio; la música no se concibe como una marcha fúnebre, sino para recordarnos que la armonía es posible en medio del desorden. Mañana el sol volverá a salir, nuestro jardín seguirá necesitando nuestro cuidado y la tierra responderá. Por hoy, que la música sea tu tregua. Por cierto, ¿os apetece un bocadillo de queso? Lo repartiremos, venga.

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