Hablando se desentiende la gente



Es una tarde tranquila de mediados de julio. Aquí no hace mucho calor. He dormido bien, he disfrutado de una etapa entretenida del Tour de Francia y el jardín parece descansar bajo una ligera brisa. Hay días en los que todo invita a detenerse un momento y pensar.

Y, casi sin darme cuenta, me ha surgido una pregunta que lleva años acompañándome.

¿Por qué unas personas conectan con tanta facilidad y otras, en cambio, parecen hablar idiomas distintos aunque utilicen las mismas palabras?

Todos lo hemos experimentado alguna vez. Hay conversaciones que fluyen de forma natural. Las ideas se encadenan, las sonrisas aparecen sin esfuerzo y el tiempo pasa sin que uno lo note. En cambio, otras conversaciones se agotan a los pocos minutos. No hay conflicto, ni enfado, ni siquiera desacuerdo. Simplemente... no hay sintonía.

En esos momentos siempre recuerdo una de las ocurrencias de Don Camilo. Con esa media sonrisa suya, mientras removía despacio el café, decía:

—Falando tamén se desentende a xente.

La primera vez que se lo escuché me hizo gracia. Parecía una contradicción. ¿No debería ser justamente al revés? ¿No sirve la conversación para entendernos mejor?

Con el paso de los años he llegado a pensar que aquella frase escondía una pequeña verdad. Hablar no garantiza la conexión. A veces, cuanto más hablamos, más evidente se hace que cada uno está contemplando un paisaje distinto. Las palabras son las mismas, pero el significado que les damos nace de experiencias, emociones y recuerdos diferentes.

Lo curioso es que esa sintonía tampoco es permanente. A veces encontramos una afinidad profunda con alguien y, años después, apenas quedan temas comunes. O sucede justamente lo contrario: conocemos a una persona de manera superficial y, mucho tiempo después, descubrimos una afinidad inesperada porque ambos hemos llegado, por caminos diferentes, a preguntas semejantes.

¿A qué se deben esos cambios?

No creo que exista una única respuesta.

Me gusta imaginar la mente humana no como una máquina perfectamente organizada, sino como un paisaje. Un paisaje que ha ido tomando forma durante toda una vida.

En ese paisaje hay una primera capa que es puramente biológica. Ahí están las neuronas, los neurotransmisores, la dopamina, la serotonina, la genética... Todo ello influye en nuestro estado de ánimo, en nuestra capacidad para concentrarnos o en nuestra tendencia al optimismo o a la preocupación. Pero sería un error pensar que somos únicamente el resultado de nuestra química cerebral.

Sobre esa base se construye otra capa: la memoria. Cada experiencia deja una huella. Dos personas pueden vivir exactamente el mismo acontecimiento y recordarlo de forma completamente distinta. Esas huellas condicionan la manera en que interpretamos el presente.

Después vienen las emociones. Hay quien reacciona desde la curiosidad, quien lo hace desde la prudencia, quien mira el mundo con confianza y quien necesita protegerse porque la vida le ha enseñado a desconfiar. Las emociones son como unas gafas invisibles a través de las cuales contemplamos la realidad.

También están nuestras ideas y nuestros valores. Para unos lo importante es la libertad; para otros, la seguridad. Hay quien persigue la belleza, quien busca el conocimiento o quien encuentra sentido en ayudar a los demás. Ninguna de esas prioridades es exactamente igual en dos personas.

Y, por último, están las circunstancias del momento.

Aquí creo que reside una de las claves.

La misma persona no piensa igual a los veinte años que a los setenta. Pero tampoco piensa igual un lunes que un domingo, ni después de una noche de insomnio que tras haber descansado profundamente.

Basta un dolor de oído, una molestia en el colon, una mala noticia o una preocupación inesperada para que nos volvamos menos pacientes, menos comunicativos o menos receptivos. Y basta que desaparezca esa incomodidad para recuperar las ganas de conversar y de compartir.

Ortega y Gasset escribió aquella célebre frase: «Yo soy yo y mi circunstancia.»

Quizá hoy podríamos ampliarla un poco:

«Yo soy yo, mi circunstancia, mi historia... y también mi estado de hoy.»

Porque no solo influye el mundo que nos rodea. También influye ese mundo interior que el propio Ortega llamaba el dintorno: lo que ocurre dentro de nosotros mientras vivimos la realidad exterior.

Todo eso explica, al menos en parte, por qué unas veces conectamos con alguien y otras no.

Me gusta utilizar aquí una palabra tomada de la física: frecuencia.

En realidad es solo una metáfora. En física, la frecuencia es el número de vibraciones que se producen cada segundo. Entre las personas no existe una frecuencia medible, pero sí algo que se le parece mucho: la sintonía.

La sintonía no consiste en pensar exactamente igual. Dos personas pueden discrepar en muchas cosas y, sin embargo, disfrutar enormemente conversando. Lo importante no es compartir todas las opiniones, sino encontrar una manera parecida de hacerse preguntas, de escuchar y de comprender al otro.

Esa frecuencia interior cambia con el tiempo. Igual que una emisora de radio puede perderse con un pequeño movimiento del dial, también las personas cambian de intereses, de preocupaciones o de ilusiones. Y, a veces, después de muchos años, vuelven a coincidir de nuevo en la misma onda.

Hay otra idea que me parece especialmente hermosa.

Con frecuencia creemos que, si algo nos apasiona, también apasionará a quienes nos rodean. Pero no suele ser así.

El entusiasmo no se transmite por el tema del que hablamos, sino por el significado que ese tema tiene para nosotros.

Uno puede hablar de Aristóteles, del jardín, de una etapa del Tour de Francia o de una sencilla planta que acaba de florecer. Habrá quien no comparta esos intereses y, sin embargo, disfrute escuchándonos porque percibe la autenticidad con la que hablamos. En cambio, otra persona aficionada exactamente a los mismos asuntos puede no conectar con nosotros porque su forma de mirar el mundo es diferente.

Quizá por eso las relaciones humanas siguen siendo uno de los mayores misterios.

No somos únicamente nuestras neuronas. Ni solamente nuestros recuerdos. Ni exclusivamente nuestras emociones.

Somos el resultado cambiante de todo ello.

Y tal vez la verdadera inteligencia no consista únicamente en comprender las ideas, sino en aprender a encontrar, una y otra vez, esa frecuencia invisible que nos permite comprender a las personas.

Mientras escribo estas últimas líneas, vuelvo a escuchar, como si estuviera sentado a mi lado, la voz tranquila de Don Camilo:

—Falando tamén se desentende a xente.

Ahora ya no me parece una simple ocurrencia. Me parece una invitación a escuchar mejor. Porque hablar es relativamente fácil; lo verdaderamente difícil es encontrar esa conexión invisible que hace que, por un instante, dos paisajes interiores consigan reconocerse.

Comentarios

  1. Muy buena reflexión Fernando.
    Yo creo que lo que sentimos y pensamos desde el interior es lo que se refleja en el exterior. Las palabras tienen mucho poder para lo bueno y para lo malo.
    Cada uno de nosotros somos únicos, no hay dos iguales y si no te gusta lo exterior, cambia tu interior y verás que lo de afuera también cambia.

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  2. "Las palabras son las mismas, pero el significado que les damos nace de experiencias, emociones y recuerdos diferentes."

    Me he sentido identificado con don Camilo, hasta el punto de pasárseme por la cabeza que recordaras aquellas palabras que yo te dije:

    - La conversación distancia.

    (Continuará...)

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