La ventana y el mundo: Crónica de una espiritualidad sin muros

Hay en mi vida un ritmo cíclico, casi estacional, que dicta mi relación con el exterior. Atravieso temporadas de un aislamiento militante en las que el mundo podría detenerse y yo apenas me daría cuenta, absorto en el silencio de mi casa, en el crecimiento lento de una planta o en el refugio de una buena película. Sin embargo, de pronto, el péndulo oscila. El interés por la política y el pulso de la historia despierta de nuevo, y me encuentro otra vez asomado a la ventana de la actualidad, analizando incluso el movimiento de las piezas en el Vaticano bajo el nuevo pontificado de León XIV.

Es en estos momentos cuando me pregunto por la utilidad de las instituciones que dicen gestionar el espíritu. Siento un desinterés profundo por la Iglesia como estructura; para mí, la espiritualidad no es un carné de afiliado ni un precepto, sino el rayo de sol que rasga un cielo nublado, una frase bien escrita o la profundidad de una conversación auténtica.

Si soy sincero, me llena más un diálogo de Platón con Sócrates como protagonista que los cuatro evangelios canónicos. Prefiero la dialéctica que cuestiona a la fe que impone. De San Mateo, por ejemplo, me quedo con la Pasión de Bach o el Evangelio según San Mateo de Pasolini; me interesa el relato solo cuando el arte lo eleva y lo dota de una dimensión humana y estética que el dogma, por sí solo, es incapaz de alcanzar.

A menudo me parece que afiliarse en exclusiva a una sola religión es cerrarle puertas a la propia espiritualidad. Es como decidir que solo se puede admirar un cuadro en toda la pinacoteca universal. ¿Acaso creer en la figura de Jesucristo invalida la sabiduría de Buda o la profundidad de Lao-Tsé?

Limitar el acceso a lo trascendente a un solo libro me resulta hoy una estrechez innecesaria. El mundo está lleno de sabios que han señalado la misma luna desde distintos montes. Quizás la verdadera madurez consista en poder interesarse por lo que sucede en el Vaticano, mientras se mantiene el desapego ante el flujo constante de pensamientos. Saber, al fin y al cabo, que la verdad no reside en un Estado ni en una ONG, sino en la capacidad de hallar lo sagrado en una nota de Bach o en un diálogo platónico.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Rusia y Ucrania (IV) La dictadura del generador y el paréntesis eterno

Mi súbito interés por una encíclica

Charlas con Epicuro: Ola de calor y cambio climático