Tarzán y la Selva oscura


Mi padre me decía, cuando yo era pequeño, que en la selva profunda la luz apenas consigue penetrar; que es un lugar sombrío, casi impenetrable para la vista. Con los años, al sentarme frente a la pantalla, he comprendido que el cine rara vez ha hecho justicia a esa penumbra.

He querido comprobar si aquello era cierto y he confirmado que lo que mi padre me contaba era cierto, una realidad que el séptimo arte rara vez consigue representar con fidelidad por imperativos técnicos y estéticos. Las selvas tropicales densas, tanto la amazónica como la de la cuenca del Congo, poseen lo que los botánicos definen como un «dosel cerrado». Imaginad una bóveda vegetal tan tupida, forjada por las copas de árboles centenarios, que llega a bloquear hasta el 98 % de la radiación solar.

Efectivamente, allí abajo reina una penumbra perpetua, un ambiente cargado de humedad, quietud y esa sensación reverencial de encontrarse en la «catedral» de la vida, donde la luz apenas logra filtrar unos pocos rayos plateados o verdosos. El cine, sin embargo, nos ha acostumbrado a una selva luminosa, donde los personajes transitan con una soltura irreal. Y es comprensible: rodar en condiciones de oscuridad casi absoluta resultaría una pesadilla logística que el espectador promedio, quizá, no estaría dispuesto a perdonar.

Esta falta de rigor visual me lleva, inevitablemente, a otra carencia recurrente en la gran pantalla: la fidelidad a la obra original de Edgar Rice Burroughs. Hasta la fecha, no he encontrado una sola adaptación de Tarzán de los monos que haga plenamente justicia a su fuente literaria.

Las películas, especialmente aquellas de la era dorada protagonizadas por Johnny Weissmüller, convirtieron a un aristócrata culto, bastante atormentado (aunque sin ser plenamente consciente de ello) y salvaje, en una caricatura simplista. Burroughs, en cambio, creó un personaje de una complejidad fascinante: un hombre que aprendió a leer inglés de forma autodidacta con los libros abandonados en la cabaña de sus padres, mucho antes de conocer a Jane, y que lidiaba constantemente con la fractura entre su herencia civilizada y su instinto animal.

Ninguna adaptación ha conseguido capturar esa atmósfera opresiva y existencial que desprende la novela. El cine ha preferido, con demasiada frecuencia, quedarse en el espectáculo superficial del grito y el lianazo, olvidando que, bajo el dosel cerrado de la selva, lo que realmente importaba era el claroscuro del alma de Tarzán.

Ojalá algún cineasta de nuestros tiempos se atreva a emprender una versión verdaderamente fiel a la novela. Quizá entonces comprenderíamos que el verdadero protagonista nunca fue Tarzán. Fue aquella inmensa catedral vegetal donde la luz llegaba a cuentagotas y donde un niño, muchos años antes de leer a Burroughs o de ver a Weissmüller en el cine, ya había empezado a imaginar la selva escuchando a su padre.


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