La victoria invisible
Normalmente no hablo de fútbol en este blog, ni de deporte en general. Apenas he dedicado algunos capítulos al ciclismo, y eso fue al principio de empezar a trabajar en Bajo el Manzano, casi como una prueba. Este espacio nació con otra vocación: ser una especie de diario donde dejar constancia de mis recuerdos, de mis reflexiones y de esas pequeñas preguntas que el paso del tiempo va sembrando en la cabeza. En definitiva, un lugar para mirar el mundo con un poco más de calma.
Sin embargo, hay ocasiones en las que la actualidad llama a la puerta con suficiente fuerza como para merecer uno de esos artículos que yo llamo «urgentes». La victoria de España en el Mundial de fútbol es una de ellas. No tanto por el resultado del partido, que dentro de unas semanas habrá dejado de ocupar las conversaciones y, dentro de unos meses, será solo un recuerdo, sino por lo que ese resultado representa.
Hay algo que me llama especialmente la atención. Vivimos inmersos en un ruido político casi permanente. Da la impresión de que el país está condenado a dividirse en bandos irreconciliables. Y, sin embargo, basta una alegría compartida para que millones de personas celebren al mismo tiempo una misma victoria, con independencia de sus ideas, de sus creencias o de su manera de entender la vida.
Quizá esa sea la primera lección que nos deja el deporte. Un equipo no funciona porque todos sus integrantes piensen igual. Funciona porque existe un objetivo común que está por encima de las diferencias individuales. Cada jugador aporta algo distinto, pero todos entienden que el éxito solo es posible si trabajan juntos.
Tal vez esa sea también una buena metáfora para un país. Una nación no necesita que todos sus ciudadanos compartan la misma ideología, sino que sean capaces de reconocer un espacio común donde cooperar, respetarse y construir juntos. El deporte, a veces, nos recuerda con más claridad que la política aquello que nunca deberíamos olvidar.
Pero hay otra reflexión aún más importante. Un Mundial no se gana en noventa minutos. Se construye durante décadas. Detrás de esa copa hay miles de entrenadores anónimos, clubes modestos, familias que acompañan a sus hijos a entrenar, profesores de educación física, médicos, fisioterapeutas, voluntarios y generaciones enteras que han ido levantando, casi sin darse cuenta, una sólida cultura deportiva.
Quizá la verdadera victoria no sea la que vimos levantar a los jugadores sobre el césped, sino esa otra, mucho más silenciosa e invisible, que demuestra que cuando una sociedad invierte durante años en el esfuerzo, en la formación y en el trabajo bien hecho, los frutos terminan llegando.
Las copas se guardan en una vitrina. Esa victoria invisible, en cambio, permanece mucho más tiempo.
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