El perfume del viento
Hay días en que la atmósfera decide ponerse en alta definición. Días en los que el viento del norte sopla con la fuerza justa para barrer la calima, limpiar los horizontes y dejarnos el cielo pintado de un azul nítido, transparente. Es en esos mediodías, bajo la sombra protectora del viejo manzano, donde el aire parece hecho únicamente de aromas.
Sostengo una cerveza fría en la mano, contemplando la claridad del día. Las gotas de condensación resbalan perezosas por el cristal, atrapando los reflejos dorados del mediodía, mientras una corriente fresca me trae un mensaje lejano. Huele a pino. Es un aroma balsámico, resinoso, pero no sé de dónde proviene. Tengo pinos piñoneros en casa, aunque son todavía diminutos; el más alto apenas mide diez centímetros y es imposible que sean ellos quienes desprendan tanta intensidad. Me llevo las manos a la nariz. Es posible que aún conserven ese olor: he estado enredando con ellos por la mañana, aunque también con otras plantas.
El viento de hoy no es un mensajero solitario; es un alquimista caprichoso. ¿Puede ser que sea...? Cambio de posición la silla y miro de frente hacia mi huerto de especias aromáticas.
Entonces lo comprendo.
Apenas a unos diez metros, mi pequeño huerto de aromáticas se entrega al festival del aire. El viento agita con suavidad, pero con firmeza, las ramas del romero, las diminutas hojas del tomillo, el suelo tapizado de orégano y el aroma punzante del curry. Al balancearse, las plantas rompen en secreto sus pequeñas ánforas de aceite esencial, liberando al cielo sus tesoros más íntimos. La lavanda aporta su nota violeta y serena, un contrapunto de calma que flota en el ambiente.
Y así, sentado a la sombra, soy testigo de un maridaje invisible. El lúpulo de la cerveza dialoga en el aire con el mirceno del tomillo; el pineno del bosque lejano se trenza con el frescor medicinal del romero. No son olores aislados; es una sinfonía volátil, un vals invisible que no deja huella en la tierra, pero lo inunda todo, una partitura que el viento escribe y borra en cada ráfaga.
En días como hoy, la naturaleza no solo se mira; también se revela en el perfume que deja en el aire. Bajo el manzano, las horas transcurren despacio, envueltas en esa fragancia prestada que el norte nos regala y que el huerto, generoso, termina de sazonar. Un auténtico lujo para los sentidos, un refugio hecho de aire, sombra y memoria.
Ummm que olor más rico viene del jardín. Maravilloso el mundo de los aromas verdad?
ResponderEliminarMuy rico, pero mi favorito de todos es el del pino.
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