El día que renuncié a ser santo

Harto de no poder ser santo (ver aquí capítulo anterior), se lo confesé directamente al cura: —Padre, no puedo ser santo. Lo he intentado con todas mis fuerzas, pero he fracasado.

El buen sacerdote, uno de mis favoritos, me dio enseguida la absolución mientras me explicaba que aquello era totalmente normal; que resultaba muy difícil contentar a todo el mundo a la vez, y que hacía bien con limitarme a dar lo mejor de mí, pues con eso bastaba. Salí muy satisfecho de la iglesia después de rezar varios padrenuestros y bastantes avemarías.

Inmediatamente después me fui al cine a ver Comando, de Don Siegel. Al salir de la sala, después de presenciar cómo el indómito e indisciplinado sargento interpretado por Steve McQueen moría de forma heroica y brutal en el asalto final a aquel búnker alemán —secundado por un simpático Bobby Darin—, sentí que era otro hombre. Ahora ya no aspiraba a la santidad; ahora iba a ser algo mucho más fácil y fascinante: un tipo duro y asocial que jamás sonríe, exactamente como McQueen.

Me pasé los días siguientes ensayando mi nueva personalidad por los rincones. Adopté un ceño fruncido perenne y una cara de tener un humor de perros, convencido de que la rudeza se medía por los milímetros de distancia entre las cejas. Me levantaba militarmente en cuanto sonaba el despertador, sin remolonear ni un instante bajo las sábanas, y me obligaba a no dar la menor señal de fatiga ni de debilidad ante las lecciones de ciencias naturales, manteniéndome rígido en el pupitre como si estuviera defendiendo la Línea Sigfrido.

Pensar que guardaba en mi interior el espíritu de Steve McQueen me otorgaba una fuerza que yo creía sobrehumana. Eso sí, el personaje requería un esfuerzo físico extenuante: tenía que ir a todas partes con los puños apretados dentro de los bolsillos, balanceando los hombros exageradamente al caminar e intentando imitar aquel andar felino y feroz del actor. A duras penas conseguía mantener la respiración para no perder la postura, pero la disciplina del nuevo héroe local era inquebrantable.

Hasta que la realidad familiar se interpuso en mi película bélica. Un día, mi madre, extrañada por mis andares y mis prolongados silencios de tipo duro, me preguntó: —¿Qué te pasa, hijo? ¿Te encuentras mal?

A lo que respondí con mi voz más sombría: —Quiero ser malo. A partir de ahora seré malo y pegaré patadas a cualquiera que me insulte o se meta conmigo, así que cuidado.

Mi madre se asustó mucho ante semejante brote de rebeldía y, por la tarde, lo consultó preocupada con mi padre. Él, con toda la gravedad del mundo, me llamó a su despacho, me miró fijamente y me preguntó: —¿Qué te pasa, Fernando? ¿Por qué parece que estás a punto de llorar siempre últimamente?

¿Cómo que llorar? ¡Qué puñalada a mi orgullo! Resulta que mi estudiada expresión de rudeza absoluta, mi ceño fruncido al límite y mis mandíbulas apretadas solo transmitían la impresión de que estaba al borde de un berrinche y de las lágrimas. ¡Vaya rotundo fracaso cinematográfico!

Comentarios

  1. Debe de ser, como aconsejan los que de esto saben, que la vida hay que vivirla con naturalidad, que hay que ser uno mismo.
    Es curioso, pero a mí a la edad que refieres el cine me motivaba cambiar de personalidad. Afortunadamente la alucinación duraba poco, sólo hasta la siguiente película.

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    1. Efectivamente, hasta la siguiente película. A mí ahora me pasa algo distinto: me llegan más las películas tranquilas y meditativas. Son las que, durante un rato, me contagian una forma de ser más serena. Y quizá, a nuestra edad, esa serenidad sea una de las cosas que más descanso y felicidad nos pueden regalar.

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