El peso de la polis y la paz del huerto
En el Jardín de Epicuro se reúnen, un día más, los jóvenes discípulos del Maestro: dos muchachos y tres muchachas que buscan la sabiduría lejos del mundanal ruido. Es domingo, un día radiantemente soleado, y acaban de regresar de la asamblea de la polis. Allí, los diversos dirigentes han expuesto sus encendidos discursos y sus razones para ganarse el favor de los ciudadanos, en una jornada especialmente amarga, marcada por los reproches mutuos y las acusaciones cruzadas de traición y venalidad. El ambiente de Atenas, encadenado a las constantes disputas entre las facciones locales y el yugo de Macedonia, ha dejado un poso de profunda fatiga en sus ánimos.
Buscando el refugio de este oasis de serenidad, los jóvenes se han sentado alrededor de una sólida mesa de madera, dispuesta en ese rincón exacto donde se trenzan la sombra de las parras y el sol que se filtra entre las hojas. El aire es agradable y alivia el calor del mediodía gracias al Bóreas, ese viento del norte que limpia el cielo de nubes y refresca el ambiente con su pureza, invitando al sosiego del cuerpo y de la mente. Sobre la mesa, apenas un poco de pan con queso y agua fresca bastan para recordarles la sencillez de la existencia.
Tras un prolongado silencio, uno de los muchachos, con el ceño aún fruncido por la incertidumbre, lanza la pregunta que a todos inquieta:
—Maestro, venimos de la plaza pública y el desasosiego nos persigue. En la asamblea, los partidarios de la vieja democracia prometen una libertad idílica, pero están cegados por la demagogia y el rencor. Por otro lado, los emisarios del gobernador Demetrio de Falero y el rey Casandro de Macedonia defienden su gestión; sabemos que son autócratas y que sus lujos insultan al pueblo, pero al menos garantizan que el trigo llegue al Pireo y que las calles estén en paz. Ante este lodo, ¿cómo debemos actuar? ¿Debemos dar nuestro voto a quien sostiene el orden aun sabiendo que está manchado de corrupción y tiranía? ¿O debemos alimentar una ilusión que puede traernos el caos?
Epicuro, que comparte con ellos el pan con actitud apacible, los observa con una mirada comprensiva antes de hablar. Su voz, pausada y firme, disipa de inmediato la tensión del grupo:
—La corrupción, mis jóvenes amigos, no es más que el síntoma de una mente enferma y turbada por deseos vanos: el ansia insaciable de poder, de riquezas y de gloria que domina tanto a los tiranos macedonios como a los demagogos de la plaza. No busquéis una pureza utópica en los gobernantes, pues los hombres ajenos a la filosofía rara vez resisten las trampas del ego. El error del ciudadano común es esperar que el Estado sea el guardián de su virtud o el manantial de su felicidad.
El Maestro hace una breve pausa, dejando que el rumor del viento entre las hojas acompañe sus palabras, y continúa:
—Ante las urnas, despojaos de la pasión ciega y aplicad el sabio cálculo de placeres y dolores. Si el gobierno de Demetrio, a pesar de sus evidentes faltas humanas y su servidumbre a Casandro, asegura las necesidades básicas de la comunidad —el pan, la salud y la seguridad—, está reduciendo el dolor real y el miedo en la vida de los hombres. El sabio no busca el bien absoluto en la política, porque sabe que no existe en los asuntos de la polis; busca la ausencia de turbación. Votad, por tanto, si decidís hacerlo, por aquello que minimice la discordia y proteja la estabilidad de vuestro entorno, pero hacedlo con absoluto desapego, como quien toma una medicina amarga pero necesaria para preservar la salud del cuerpo. No entreguéis jamás vuestro corazón ni vuestra tranquilidad a ningún bando, porque la verdadera serenidad no se decreta en las leyes ni se vota en las plazas; se conquista aquí dentro, a través de la razón y en la dulce compañía de la amistad.
Las palabras de Epicuro devuelven la calma al huerto. Bajo el sol del mediodía, los jóvenes comprenden por fin que, gane quien gane en la asamblea, el verdadero santuario de la vida feliz permanece intacto mientras la puerta del alma se mantenga cerrada al ruido del mundo.
Fernando, bonita narración epicúrea. Mis dudas están en si los mensajes que se desprenden de la misma son aplicables a la situación actual en la política española. Por otro lado, yo no creo que el ciudadano deba apartarse de las preocupaciones colectivas y centrarse en la búsqueda de la felicidad en una conversación entre amigos. Puede ser feliz estando inmerso en la vorágine de "la demagogia y el rencor". Si no feliz, al menos vivo.
ResponderEliminarHola, Luis. Tienes toda la razón en que hoy en día resulta muy difícil —y para muchos indeseable— mantenerse al margen de la 'vorágine' pública.
EliminarLa lección de Epicuro no es tanto exigir una huida literal de la sociedad, sino advertirnos sobre el coste emocional que tiene el fanatismo. Cuando dices que estar inmerso en la pelea política te hace sentir 'vivo', tocas un punto clave: la adrenalina del combate. Sin embargo, el dilema que plantea el texto es si esa adrenalina compensa la pérdida de serenidad.
Quizás el punto medio radique en que la política es necesaria como herramienta de gestión (el mal menor para garantizar la convivencia), pero no debe convertirse en nuestra fuente de sentido vital ni en nuestra brújula moral. Podemos cumplir con nuestras obligaciones cívicas y preocuparnos por lo colectivo sin necesidad de caer en el rencor o la demagogia que ensucia el debate público actual. Al final, se trata de participar con la cabeza fría y el corazón a salvo.
Hola Fernando. Al fin te encontré.
ResponderEliminarQué lindo mensaje que das a los jóvenes y ese hermoso paisaje me pareció espectacular: *lejos del mundanal ruido*.
Saludos cariñosos.
Analuisa
Hola Analuisa. Qué bien que me encontrases! Espero leerte a menudo por aquí.
EliminarMe alegro que te haya gustado.
Saludos.