Democracia y complejidad: Un café con Daniel Innerarity

 El otro día, viendo a Xabier Fortes en La Noche en 24 Horas, me topé con una entrevista de esas que te reconcilian temporalmente con el mando a distancia. El invitado era el filósofo Daniel Innerarity, que acudía a presentar su último libro, El futuro de la democracia. En un panorama mediático donde parece que solo cotiza el grito, el catastrofismo y la trinchera ideológica, escuchar un análisis pausado y con una perspectiva de luces largas fue como abrir una ventana en una habitación cargada.

Innerarity traía bajo el brazo un mensaje contracorriente: la democracia occidental no está en fase terminal, simplemente está desbordada por la complejidad del siglo XXI.

A menudo caemos en la tentación de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Recordamos con cierta nostalgia una supuesta edad de oro de la política donde los líderes eran estadistas y los ciudadanos acudían en masa y con fe ciega a las urnas. Pero el filósofo nos desarma con realismo: aquellas democracias del siglo pasado eran mucho más rígidas, verticales y, paradójicamente, menos inclusivas que las actuales. Lo que ocurre hoy no es que hayamos involucionado en nuestra virtud, sino que el mundo se ha vuelto endiabladamente enredado. Los problemas actuales —desde la emergencia climática hasta los algoritmos que gobiernan nuestra atención— no entienden de fronteras nacionales ni de legislaturas de cuatro años. El software de nuestras instituciones se ha quedado obsoleto para el hardware del mundo real.

Lo que más me sedujo de su discurso fue la defensa de lo que él denomina un «optimismo crítico». No se trata de una ingenuidad complaciente que nos invite a cruzarnos de brazos esperando que las cosas se arreglen solas. Al contrario: es la convicción de que la democracia es el único sistema político diseñado, por su propia naturaleza, para aprender de sus propios errores. La crisis no es el final del camino; es el estado habitual de un sistema vivo que se cuestiona a sí mismo.

En un momento donde ceder ante el rival político se penaliza como una debilidad o una traición, Innerarity hace una bellísima reivindicación del pacto y del consenso. No como una renuncia cobarde a las propias ideas, sino como la manifestación más alta de la inteligencia humana y de la civilización. Al fin y al cabo, la política con mayúsculas consiste en gestionar la convivencia entre personas que piensan de manera legítimamente distinta.

Al apagar el televisor, me quedé pensando en lo fácil que es deslizarse hacia el escepticismo o el pesimismo absoluto, ese que nos susurra al oído que estamos condenados al desastre y que no hay nada que hacer. El verdadero valor de pensadores como Innerarity no es que nos den soluciones mágicas empaquetadas, sino que nos devuelven la capacidad de mirar el mañana no como una amenaza inevitable, sino como un espacio de posibilidad. Al fin y al cabo, el futuro sigue siendo un territorio por escribir.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Rusia y Ucrania (IV) La dictadura del generador y el paréntesis eterno

Mi súbito interés por una encíclica

Charlas con Epicuro: Ola de calor y cambio climático