La Trinidad laica

 Nos asomamos estos días a los periódicos y asistimos, entre el asombro y el hastío, al desfile de hombres poderosos ante los tribunales. Políticos que un día vistieron la púrpura del Estado comparecen hoy con el semblante desmejorado, arrastrando una mirada adusta y triste.

Nos preguntamos entonces, desde la cómoda distancia de nuestros hogares, qué lleva a un hombre que lo tiene todo —posición, respeto y madurez— a enfangarse en las cloacas del riesgo legal. ¿Es soberbia, es ceguera, o es que el poder altera la química del juicio?

Para ensayar una respuesta no hace falta revisar los códigos penales, sino asomarse a la arqueología de la mente humana. Ya en la Viena de entreguerras, Sigmund Freud nos advirtió que no somos los amos soberanos de nuestra propia casa. Nuestra psique se debate en una eterna guerra civil entre tres fuerzas: el Ello, el Yo y el Superyó.

Años más tarde, el psiquiatra Eric Berne tradujo esta hermosa "Santísima Trinidad" laica a un lenguaje más cotidiano, el del Análisis Transaccional, bautizando a esos tres huéspedes que nos habitan como el Padre, el Adulto y el Niño.

El político que cae sufre, ante todo, un colapso en el equilibrio de estas tres fuerzas. En la plaza pública, el gobernante se presenta como la encarnación misma del Padre (el Superyó freudiano): es el guardián del orden, el apóstol de la moral estricta. Sin embargo, la naturaleza humana aborrece la rigidez. Cuanto más alto y artificial es el pedestal del Padre exterior, más violentas son las pulsiones que se agitan abajo, en el Niño (el Ello). Pero no piensen en un niño inocente; piensen en el niño que busca la omnipotencia, el control absoluto y la gratificación inmediata de sus deseos de dominación.

En la burbuja del palacio ministerial, rodeado de ujieres y aduladores, el estado Adulto del político —que es el encargado de evaluar fríamente el Principio de Realidad— se adormece. El Yo del poderoso se enferma de una ilusión infantil: llega a creer que las leyes son para los súbditos, no para el soberano.
Para no enloquecer de culpa, su Yo utiliza la racionalización: se dice a sí mismo que el fango y las cloacas no son por egoísmo, sino «por el bien de la patria». Así, anestesia al Padre y permite que el Niño salvaje tome el volante.

El banquillo de los acusados es, al fin, el despertar forzoso del Adulto; el momento en que el acreedor de la Realidad se presenta en la puerta y anuncia que ya no condona más deudas. Lo que la lengua ocultó durante años, el cuerpo desmejorado lo termina gritando.



Comentarios

  1. Fernando, una buena visión freudiana.
    La sinvergonzonería siempre ha existido y nunca desaparecerá. Es triste decirlo, pero lamentablemente forma parte de la condición humana. Sólo hay una forma de reprimirla, controles previos y aplicación de las leyes penales cuando proceda.
    Lo que sucede en los casos que aludes es que están intrincados en la política y que por consiguiente nos afecta a todos. Si a eso le unimos que para los que no tienen otra cosa que esgrimir los escándalos pueden servirles para suplir los argumentos que no tienen, pues estamos en lo que estamos. Precisamente el presidente de gobierno con más ministros encarcelados dice aquello de el que pueda que haga. Así nos va.

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    1. A mí lo que más me sorprende de todo esto —y en ese sentido iba mi análisis 'freudiano'— es qué ocurre en la mente de esos hombres, la psicología de los políticos. Da la impresión de que todo es corrupción; sin embargo, yo sigo pensando que en los partidos la inmensa mayoría de la gente es honesta. Me gusta creerlo así, aunque soy consciente de que vende mucho más la ramplonería y la maldad que la eficacia y el buen hacer de las personas íntegras.

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