La diplomacia del cielo

Siempre me gustó mucho el cine. Sigo siendo, hoy en día, un devoto absoluto de la gran pantalla (aunque ahora vea las películas en la más pequeña ventana del televisor). No pasa un solo día sin que vea una o dos películas, y a menudo me descubro revisitando films que me apasionaron de chico; a veces compruebo que el tiempo no les ha hecho justicia, y otras ocurre todo lo contrario. La imagen siempre tuvo un poder absoluto sobre mi imaginación. De niño, cuando veía a Steve McQueen haciendo de tipo duro en Comando, salía de la sala queriendo ser un hombre de acción, imperturbable y rudo. En cambio, cuando proyectaban películas de santos, como San Francisco de Asís o Fray Escoba, mi brújula interna giraba por completo y mi ambición mutaba: quería ser santo. Hubo una larga época en mi vida en la que me empeñé con todas mis fuerzas en lograrlo. Me decía a mí mismo, con una determinación inquebrantable: «Lo voy a conseguir».

Por las noches rezaba a las alturas, rogando que me dieran las fuerzas necesarias, pero ahí empezaban las complicaciones. ¿A quién rezar? ¡Había tanta «gente» allá arriba! Nada más pensarlo, me arrepentía, asustado por haber usado en mi loca cabeza una palabra tan vulgar para referirme a las dignidades celestiales. Pero el dilema persistía: Dios Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, la Virgen María, los apóstoles y un santoral que era la mar de numeroso. Por si fuera poco, estaban los ángeles de la guarda y los arcángeles... Había una cantidad enorme de figuras donde elegir y a mí me desvelaba un problema casi diplomático: ¿a quién escoger sin molestar a los demás? Me aterraba que, por favorecer a uno, el resto se sintiera postergado. Sabía que en el cielo no existen los celos, pero mi sentido del protocolo me obligaba a ser justo. No quería disputas celestiales por mi culpa.

Al final, tomé una decisión salomónica. Me decanté por el Hijo —que al ser más joven que el Padre me lo imaginaba mucho más paciente y amistoso— y por su Madre, que, por fuerza, debía ser la más cariñosa y mimosa. De momento me olvidé del resto de la corte, no sin antes prometerle a San Francisco y a Fray Escoba que de vez en cuando charlaría un ratillo con ellos, en cuanto el resto de mis ocupaciones —los estudios, los juegos con mis pocos amigos o la redacción de mis misivas a los jefes celestiales— me lo permitieran.

Para evitar fricciones en aquella multitud, establecí mi propio sistema de diplomacia oficial a través de la escritura. Cuando tenía algo que pedir o agradecer, redactaba dos cartas: una para Él y otra para Ella. Me sentaba con mis blocs, con la gravedad de un secretario de embajada, y distribuía los temas según la jurisdicción que mi imaginación les había asignado. Cumplía las formas a rajatabla. El exterior podía ser un jaleo de tranvías y lluvia, pero en mi escritorio la relación con lo sagrado era un modelo de orden y cortesía.

Mi devoción no se limitaba al papel. Cuando paseaba —casi siempre solo, pues siempre fui propenso al aislamiento— y me topaba con una iglesia hermosa, mi espíritu se ensanchaba ante la belleza de la primavera o el bullicio de los niños en el parque. Lanzaba entonces plegarias orales a las alturas, aunque luego, en la penumbra del confesonario, la realidad fuera menos idílica. Entraba allí para tantear al cura; si sus respuestas eran interesantes, lo elegía como confesor para buscar el consejo que mi padre no podía darme sobre los secretos del corazón adolescente y sus derivadas pecaminosas. Como me faltaban pecados de peso, los magnificaba: «Padre, confieso que me he comido todo el chocolate de la despensa sin dejar nada a mis hermanos». No me atrevía a inventar robos mayores. Los curas prometían secreto, pero ¿y si se chivaban a la policía? Con mi padre era mejor no jugar; era agente y vivía convencido de que, si faltaba una peseta, sacaría los polvos para huellas dactilares y me descubriría. Ante su interrogatorio, yo, educado por los santos en la verdad, habría capitulado enseguida.

Tampoco era fácil el asunto de la obediencia que tanto admiraba en Fray Escoba, mi segundo favorito tras San Francisco. Él jugaba con ventaja porque tenía el don de la bilocación; yo, atrapado en las limitaciones de la física, era incapaz de contentar a todo el mundo y siempre terminaba enfadando a mis padres o a mis hermanos. Así que volvía siempre a mis blocs de papel. Sabía que para aquellas cartas no hacían falta sellos ni correos porque Ellos podían leer a distancia. Aunque a veces, mientras deslizaba el lápiz, sentía un leve escalofrío en la nuca, como si las divinidades estuvieran allí mismo, vigilándome por encima del hombro para comprobar si mi caligrafía y mis intenciones estaban a la altura de su protocolo.

Comentarios

  1. Interesante confesión de una infancia "martirizada" por el misticismo. Yo tuve una novia que me contó que una vez de pequeña le confesó al cura que le gustaba mucho el bacalao con tomate. No lo robaba, simplemente era glotona.

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    1. Jajaja. ¿Y que tenía de malo el bacalao con tomate? ¿Era pecado?

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