La química de la calma
| Buscando la armonía bajo las secuoyas de Buchabad |
Mientras converso con Elena sobre la felicidad, caigo en la cuenta de que la paz es, en realidad, una sutil armonía química. Aquellos que pasan por la vida con el ceño fruncido, "con mala leche", quizás solo tengan un jardín interior descuidado, donde el exceso de cortisol ha terminado por asfixiar a la serotonina. A menudo olvidamos que el alma, como la tierra, también necesita su poda, su riego y sus tiempos de barbecho.
A veces me preguntan de dónde saco las fuerzas para cavar en mi jardín de Valdebruma, a pesar de los años y de los achaques. Ahora sé que son mis glándulas suprarrenales las que me regalan ese extra de vigor, enviándome adrenalina desde encima de los riñones para que la azada no pese tanto. Pero lo que busco entre los parterres no es el subidón de la dopamina, ese "dopaje" efímero, ruidoso y adictivo del que hoy tanto se abusa en las pantallas y en las prisas.
Lo que busco es lo que siento ahora mismo: el bienestar estable de la serotonina mientras la música de Allegri pone orden en mis pensamientos, como si cada nota fuera una semilla bien plantada en el surco de la memoria. La felicidad no es una inyección mágica que se compra en la farmacia ni un destino al que llegar a lomos de una moto ruidosa. Es este preciso instante en el que el estruendo exterior no me inquieta, la lumbalgia me da un respiro y mi mente se permite el lujo de ser, sencillamente, libre. Al final, somos nosotros, en nuestro laboratorio íntimo, quienes decidimos qué sustancia queremos que gobierne nuestro día.
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