Las ideas no se escriben, se descubren. Reflexiones sobre Dylan, Platón y la captura de lo invisible
En una ocasión, Bob Dylan sentenció que las canciones no se escriben, sino que simplemente
«aparecen». Esta afirmación, que a oídos de un escéptico podría sonar a misticismo gratuito o a una elegancia para esquivar el mérito, encierra en realidad una verdad profunda sobre la naturaleza de la creación. No se trata de un acto de fabricación, sino de una sintonía.
"Las canciones están ahí, flotando en el aire. Solo hay que estar lo suficientemente atento para cazarlas."
Esta visión nos remite inevitablemente al mundo de las ideas de Platón. Si aceptamos que existe un plano donde las formas puras y las verdades eternas aguardan, el artista deja de ser un inventor para convertirse en un arqueólogo del espíritu. Bajo esta luz, el genio no es aquel que construye algo de la nada, sino aquel que tiene la sensibilidad necesaria para limpiar el polvo de lo que ya existe.
El electrón y la melodía
Suelo sostener que el Himno a la Alegría ya preexistía antes de que Beethoven posara su pluma sobre el pentagrama. Él no lo inventó; lo descubrió de la misma forma en que se descubren los electrones o las leyes de la termodinámica. Los electrones no aguardaron a ser nombrados para empezar a orbitar los núcleos; estaban allí, mudos, esperando un receptor preparado. Así sucede con la belleza y la verdad espiritual: son constantes universales que solo requieren de un cauce para manifestarse en nuestro mundo sensible.
El oficio del silencio
Escribir, por tanto, se convierte en un ejercicio de humildad. Para que una idea aparezca en su estado más puro, el autor debe aprender a no estorbar. El exceso de artificio, la pirotecnia verbal y la vanidad del ego son ruidos que interfieren en la señal. Sin embargo, esta receptividad no es pasiva. Para descubrir lo invisible, hay que estar trabajando. El laboratorio debe estar montado, el jardín cuidado y el espíritu sereno.
Al final, la creación literaria o musical es un acto de confianza. Escribimos de forma espontánea para capturar ese susurro de lo que ya es verdad. El trabajo posterior, el pulido, no busca sustituir la esencia, sino abrillantar la lente para que el paisaje se vea con la nitidez que merece. Porque el estilo no es otra cosa que la mirada propia sobre una verdad que nos trasciende a todos.
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