Ferdinando Carulli: La voz de la eternidad en una guitarra

Hay encuentros musicales que no se registran solo en el oído, sino en la memoria del olfato y la piel. La primera vez que escuché a Carulli no fue en una sala de conciertos, sino a través de la sintonía de Radio Clásica. Me encontraba en mi pequeño estudio de la planta alta, en aquella casa de Las Palmas. Era un día de abril, muy parecido a este, donde el aire transportaba esa mezcla tan canaria de azahar y pino.

​Una pincelada sobre el maestro

​Para entender esta música hay que viajar a su origen. Ferdinando Carulli nació en Nápoles en 1770. Criado bajo el sol del Mediterráneo, en una ciudad vibrante y asomada al mar, Carulli absorbió esa claridad italiana que luego vertió en sus cuerdas. Aunque el violonchelo fue su primer amor, la guitarra terminó por conquistarlo. Más tarde, en el París de los salones y los jardines elegantes, dignificó el instrumento llevándolo a los grandes escenarios. Su música es como fue su vida: metódica, amable y luminosa.

​El encuentro en el balcón

​Tenía la ventana de mi habitación abierta hacia la pequeña terraza, ese lugar al que acudía cuando los escritos o las lecturas me elevaban tanto que deseaba salir volando para contemplar el paisaje. De pronto, surgió una melodía que me detuvo en seco.

¿Mozart en una guitarra?

Esa fue mi primera impresión. Aquella arquitectura sonora era tan transparente que juraría haber escuchado al genio de Salzburgo. Pero era el Concierto en La mayor, Op. 8. La guitarra, a veces acompañada por la flauta —ese otro instrumento tan de jardín, tan de aire y pájaro—, creaba una atmósfera de paz absoluta. En versiones como la de Pepe Romero, los saltos entre movimientos parecen encadenados, casi imperceptibles.

​Esa reminiscencia mozartiana es total: una sencillez profunda escrita con luz. Al escucharla, salí al balcón. Desde allí, la música dejó de ser algo abstracto:

  • ​Los arpegios seguían el ritmo de los caminantes.
  • ​La melodía punteaba el monte en flor, como si cada nota fuera un destello de color sobre el paisaje.
  • ​Todo respiraba la alegría de los clásicos.

​En mitad de esa epifanía, un vecino me gritó:

«¡Hola, Julián! ¿Te vienes a tomar una cerveza al club?»

«¡Para allá voy inmediatamente!» —respondí.

​Fue en ese instante cuando la eternidad se presentó de forma humilde. Lo comprendí entonces: la "voz de la eternidad" es la suma de una música hermosa, el olor del campo, la voz de un amigo y la promesa de una cerveza compartida. La memoria es el mejor balcón que tenemos para asomarnos a lo que fuimos. Carulli no solo escribió notas; compuso el ritmo de la vida misma, esa que fluye sin prisa pero sin pausa.

Concierto para guitarra de Carulli

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