El aniversario que no fue: de Vejer a la voz de Fairuz
Sábado, 10 de octubre de 2015
Chispeaba. Decían que se acercaban los restos de un huracán y había algo emocionante en ese presagio. Esa mañana recogí mi bicicleta del taller; tras varios miles de kilómetros y años de pedaleo de fin de semana, estrenaba piñones, plato y cadena. Todo parecía listo para un día especial.
Elena y yo celebrábamos nuestro primer aniversario de boda. Elegimos El Jardín del Califa, en Vejer, un lugar al que hace tiempo deseaba ir. El restaurante es hermoso, laberíntico, decorado con patios y salones variopintos, pero... no nos convenció. Quizá había demasiada gente o no supimos elegir los platos, pero me pregunto para qué escribo esto; si el lugar no me sedujo, las palabras difícilmente saldrán amables. Tal vez esperaba algo más recóndito, más auténtico.
A pesar de todo, olía a alhucema, ese perfume que siempre serena los nervios. Vejer lucía su blanco recién encalado y la Plaza de España rebosaba vida alrededor de la fuente, bajo un cielo donde las nubes y el sol libraban su propia batalla.
El desencanto definitivo llegó tras la comida, en la tetería. Me sirvieron un té marroquí que no era más que agua caliente por la que pagué dos euros y medio. Y para colmo, de fondo sonaban los Rolling Stones. ¿Por qué esa obsesión de los bármanes con los Rolling últimamente? En una tetería uno espera un ambiente moruno, el misterio de una bailarina de danza del vientre, o al menos una música con reminiscencias árabes que te transporte. Pero nada de eso ocurrió; solo un balcón con vistas y una música fuera de lugar.
Vejer me dejó frío, indiferente. Me pareció un pueblo sin ese misterio o energía que uno espera que lo inspire para el porvenir. Por eso, para remediar esta sensación de amargura, he vuelto a mi refugio. He puesto una canción de Fairuz, esas melodías que escuchaba en mi más tierna infancia y que te invitan a esperar que, de pronto, el imán suba al minarete para acompañarnos en la oración.
Lo que no pude encontrar allí, lo escucho ahora aquí. Al final, toda nuestra fantasía, las canciones que hemos mamado y que alimentan nuestras mágicas ensoñaciones, están aquí dentro —me señalo la cabeza y luego el corazón—.
Ahora estoy en casa, esperando que llueva, deseando que descargue por fin esa tormenta tropical que se resiste a llegar.
El placer de las distancias cortas: De Vejer a Combarro
A menudo le digo a Elena que ella cocina mejor que en cualquier restaurante; allí no pagamos tanto dinero y, sobre todo, sabemos lo que comemos. Hubo un tiempo en que viajar y probar mesas lejanas nos apasionaba, pero hoy esa llama se ha transformado en algo más sereno y selectivo.
Ahora, la idea de un viaje largo, con sus esperas y sus decepciones en teterías ruidosas, nos pesa más de lo que nos ofrece. Hemos descubierto que el verdadero lujo no está en los kilómetros, sino en la autenticidad de lo cercano. Preferimos esos sitios de "ir y volver en el mismo día".
Pienso, por ejemplo, en Combarro. Ese pueblo es un prodigio de piedra a pie de ría, con sus hórreos alineados y sus restaurantes donde el producto no necesita disfraces. Allí, frente a la ría de Pontevedra, uno siente que no hace falta cruzar el mapa para encontrar la belleza o una buena mesa. Es una satisfacción que no agota, porque sabemos que al caer la tarde regresaremos a la paz de nuestro hogar en Valdebruma.
Hay una libertad maravillosa en no tener que soportar músicas impuestas ni pagar por "agua caliente". Viajar ahora es reencontrarse con lo que tenemos al lado. Es entender que ya no necesitamos buscar el misterio fuera, porque la verdadera paz está en lo cotidiano, en la cocina de siempre y en saber que, al final del día, dormiremos en nuestra propia cama.
Como siempre le digo a Elena: comer bien no es cuestión de precio, sino de manos, de cariño y de saber elegir el lugar donde uno se siente, de verdad, en su sitio.
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